




Un oficial del DTI se apareció este sábado casi dentro de nuestra sala.
Venía en moto, casco de tráfico bajo el brazo.
Jovial, pelado bajito, formal pero nada elocuente con su camisita a cuadros.
No venía por mí sino por mi madre, ese fin de semana hecha un ovillo de pastillas y padrenuestros.
De (mala) suerte que la noticia que trajo aquel "uniformado de civil" fue la pedrada que hizo añicos la pecera de sus lágrimas: mi madre debía presentarse en la parroquia Santa Clara de Asís a la mayor brevedad.
Esa madrugada había muerto el sacerdote español que tantos cafés y pudines le agradecía a ella con un abrazo de gourmet.
El lenguaje del perito no permitía ni pizca de piedad.
Habían apuñalado al Padre Eduardo, un hombre aún joven a sus sesenta.
El cadáver apareció tirado. No averigüé los detalles geográficos porque tampoco quiero que La Habana me estreche el nudo corredizo aún más.
Tirado como una cosa. Peor que como se sacrifica a una bestia en cualquier Plaza de España. Con una violencia que gramaticalmente se me escapa en cubano.
A su automóvil le dieron candela muy lejos del cuerpo. Tal vez para borrar evidencias, tal vez por burda venganza contra quién podría imaginar qué.
La entrevista de mi madre con el DTI fue breve y amable (no me dejaron asistirla en el trance).
De vuelta a casa, bajando las escalinatas de Lawton, entre su asma y mi angustia (teníamos otros horrores en la cabeza), la interrogué sutilmente yo.
Los rumores eran santos. Dios siempre consuela contra el infierno azaroso de lo terrenal. El Padre pudo haberle dado "botella" a alguien que lo confundiría con un extranjero podrido en euros, por ejemplo. Ni una sospecha más.
Yo lo conocí una medianoche del verano bizarro de 2007.
Mi novia y yo huíamos de Cuba y nos dio por saltar la reja de la parroquia (la "Iglesia de la Camilo", la llamábamos de niños, pues el convento aledaño terminó siendo una escuela con ese nombre: Camilo Cienfuegos, icono natal de Lawton).
El lugar estaba vacío y húmedo y hacía una luna orate que invitaba a desnudarse y aullar.
No nos desnudamos ni aullamos, por supuesto (la realidad es muy pobre respecto al discurso), pero el brillo de nuestros ojos era la locura futurista de dos desconocidos al borde de un planeta sin pasado.
La escalinata de la Calle 10 nos dejaba ver grúas y chimeneas hasta la Bahía.
También lechuzas.
Cuba se pone habitable en sus noches más muertas.
El amor pudo dejar de ser una consigna colectiva si no hubiera existido entonces el Padre Eduardo, que se apareció de la nada en su vehículo y enseguida nos vio.
El señor se acercó osado, con autoridad y un retintín de ira. No preguntó nada. Asumió que estábamos apretando, supongo, porque nos ordenó que "para eso" mejor buscáramos un parque.
Mi novia y yo estábamos muy tristes ese verano.
Con gusto se lo hubiéramos contado todo al sacerdote español.
Le hubiéramos hablado de las frustraciones de una familia despótica y del tedio de un país ortopédico. O al revés.
Le hubiéramos dicho que la reja de su Iglesia nos protegía de Cuba incluso en la ausencia de Dios.
Lo hubiéramos invitado a sentarse con nosotros a dejar correr sus zetas y nuestra mudez de patria.
Pero nos venció la disciplina institucional y no hubo ni una chispa de diálogo.
Éramos culpables de un prohibido paraíso de "para eso".
Y ya.
Fuera.
De hecho, entonces sí nos fuimos al Parque B a apretar (aunque sin lograrlo, pues la luz era mortecina y saltaban sombras sospechosas entre los bancos).
Nunca más estuve cerca del pobre Eduardo de la Fuente Serrano, aunque varias veces volví con mi madre a misa.
Acaso una de esas sombras sospechosas lo degolló.
Hoy casi me doblo sobre su cadáver.
Un ataúd de lujo, a punto de volar por última vez a España.
Preferí no retratarlo cara a cara en su muerte bárbara, medieval.
La multitud de fieles se me hacía asfixiante, el incienso casi me desmaya.
Pero resistí: sobrevivir es un don que se atrofia de no practicarlo.
Y le hice una foto a mi madre llorando.
Y pensé en mi novia cuando alguien tropezó ante mí y se golpeó
durísimo contra los escaños (después pensé en Fidel Castro).
Y escribo ahora este Adiós, Padre que mi madre no supo decirte doblada
decrépitamente sobre el cristal.
